Agrega a tu CV: No hago nada bien.

Hola Inútil:

Dime, ¿eres víctima o mártir? ¿Te refugias en una disculpa alucinada que nada tiene que ver con la realidad, que deforma —a tu conveniencia— la manera en la que se produjeron los hechos? ¿Prefieres el “qué lástima”, el “no ha tenido suerte”? ¿Te consuela que la gente diga que la vida ha sido injusta contigo?

Entiendo que tus padres, y todos los que colaboraron en tu crianza, lo hicieron inoculándote —casi inocentemente y sin querer— sus miedos, traumas y complejos. Papá o mamá, o los dos, extendieron la cadena de normas, de vicios, de malas costumbres o complejos en los que ellos mismos fueron criados. Tus profesores —mediocres o vencidos— se aprovecharon de ti y de tus debilidades para hacerte más miserable el colegio y, de paso, descargar sus pequeñeces y frustraciones. ¿Y tus amistades? ¡Ah! Se me ocurre que eso fue aún más desalentador porque tú las escogiste y ellas, una por una —amigo o amiga— nunca lo fueron. Estaban demasiado preocupados en su propia supervivencia como para andar demorándose en eso de fidelidad o lealtades. Si para las mujeres, las amigas son un refugio y son, al mismo tiempo, su más feroz competencia, para los hombres, los amigos pueden llegar a ser hermanos que, como todo Caín, hiere y traiciona. Y después, la adolescencia, las hormonas, los humores, el aliento y el olfato. Y las equivocaciones. ¿Cuántas veces confundiste la amistad con el amor o viceversa? ¿Cuántas veces llegaste tarde o demasiado temprano y fue otra persona —¡ah, las amistades!— la que llegó a tiempo?

¡Qué rabia! ¿No? Qué rabia… Y no era tu culpa. No lo era.

Al menos hasta los dieciocho, más o menos. Si quieres, hasta los veintiuno, pero no más. Después puedes echarle la culpa a quien quieras: a la Virgen María, a los Astros, al mal de ojo, a las brujas, al trauma de un robo, a las supersticiones de tus padres o del cura del barrio, ¡a la Sal o al Gato Negro! Y a todos y cada uno de los que fuiste responsabilizando a lo largo de tu adolescencia. Y hasta ahí, porque después es tu problema, porque ser adulto significa asumir los activos y los pasivos, a tomar las riendas de tu vida y a aceptar que la responsabilidad de tu existencia, es tuya. Ah, inútil, ¿puedes entender que hace tiempos debiste hacerte cargo de ti y de tu destino?

Te desborda la rabia, lo sé. ¿Sabes tú que la rabia es una señal de que hay algo que te parece profundamente injusto? Al parecer existe un desequilibrio profundo que tu cuerpo necesita solucionar, como un hueso dislocado, que ha ido dañando a los músculos hasta convertirse en un dolor que no se puede ocultar, que hace mal, que envenena y que debes sacar de tu cuerpo antes de que termine de desbordarse y reviente por acabar contigo. Así es la rabia. Una emoción que funciona en el presente, ahora, pero que viene de lejos, que va macerándose y que, si no estás preparado, estallará y no podrás hacer nada para sortear las consecuencias de su explosión.

Buscas responsables cuando la única persona que puede cambiar algo en ti, eres tú. Lloras sin consuelo, porque ya nadie siente pena por ti. Si hasta tus padres se han cansado. En realidad, lloras de miedo porque te sientes mal buscando consuelo cada vez que fallas, porque tienes vergüenza de ti, porque la soledad te consume cada vez que te miras al espejo, porque ya no quedan culpables que señalar.

Ah, inútil, cuánto más demorarás en entender que la salida, el escape, la liberación del laberinto, comienza en la dignidad. Esa dignidad hija del valor y hermana del coraje. Coraje, valor y dignidad hacen que una persona pueda sentirse satisfecha de sí misma, orgullosa de ser, feliz de saberse única y necesaria para su entorno.

¿Tienes valor, eres capaz del coraje? No se trata de llegar a ser alguien que no eres, que eso ya lo has intentado bastante, con suficientes malos resultados. Aléjate de la farsa ante el espejo, nada más ingenuo —ni más estúpido— que pretender engañarse a sí mismo. ¡Cuántas máscaras se han puesto los que terminaron rabiosos, como perros enfermos, odiando y odiándose, esparciendo su virulencia, buscando culpables, convertidos en farsas y farsantes, travestidos en muñecos bastardos de quinta categoría!

Encuentra la dignidad que se esconde en la autenticidad de lo que eres, esa es la clave, o como decía mi abuela: “Sé quien eres y que todos los demás se vayan al diablo, mala suerte”.

Ser víctima, jugar a la inmolación perpetua, apostar solo para perder, es lo más bajo a lo a lo que alguien puede llegar; y acarrea, indefectiblemente, el rechazo y la repulsión de quienes te rodean. El resultado de ese juego es la soledad, y esa soledad de víctima voluntaria es patética y está marcada por la cólera y la rabia del perdedor, de ese pobre diablo que asesinó su espíritu y se entregó a la derrota eligiendo vivir una vida de humillación.

La rabia es buena, como el agua fría, nos hace reaccionar, es una oportunidad para empezar de nuevo, pero solo en un primer momento, después, congela y mata.

No la desperdicies.

Con cariño, tu Anticoach.